LA TRANSMISION SEXUAL 

DE LA INFECCION VIH Y SUS ANTECEDENTES INFANTILES

Dra Ma de la Paz Mireles Vieyra

Psicot. Araceli García Salazar.

IBB Raúl Martín Cruz M.

Profinvih@prodigy.net.mx

 

 

"Todo parecería sugerir que la exposición sexual al VIH no es un evento aislado y mucho menos accidental en la gran mayoría de los casos"

En Medicina, por lo general, frente a un enfermo, el profesional busca antecedentes personales y familiares que lo lleven a explicar el por qué de un padecimiento.

 

La gran mayoría de las enfermedades, sean infecciosas o de tipo degenerativo, reúnen datos previos que nos permiten explicar  por qué  se afectan  un tipo de personas y no otras. Entre los posibles elementos predisponentes están los relacionados con la genética, el ambiente, la clase social, la religión, la cultura  etc

La investigación epidemiológica, de acuerdo también a su  enfoque y marco teórico, puede visualizar como causales de daño no sólo de una persona, sino de una colectividad o población, diversas variables que, aunque en una primera aproximación parecieran no asociarse de manera individual a todos los integrantes de una comunidad, es factible demostrar que están asociadas con  grupos en los cuales se presenta el daño o el efecto investigado.

 

Frente a un paciente con infección VIH el médico puede considerar que una exposición dada pudo haber favorecido  su instalación en el enfermo y el propio paciente puede asociar el origen de su enfermedad a una determinada situación, considerando ambos que el riesgo de adquirir el VIH se dió en un momento específico, sin embargo, siguiendo la huella de muchos enfermos y analizando no sólo sus exposiciones al VIH sino además sus antecedentes familiares, de crecimiento y de vida, todo parecería sugerir que la exposición sexual al VIH no es un evento aislado y mucho menos accidental en la gran mayoría de los casos

Dependerá del médico y del enfoque que el mismo haya adquirido durante su vida profesional y cotidiana, el realizar la búsqueda de características que puedan explicar de mejor manera las causas últimas de un problema de salud determinado. Algunos tomaran en cuenta básicamente antecedentes biológicos como por ejemplo: la herencia, los microbios, etc.; otros  darán mayor importancia a factores económicos,  culturales,  sociales, etc.

 

 

INICIO DEL PROBLEMA

 

Cuando comenzamos la atención de pacientes VIH/SIDA en los años noventas, al igual que muchos otros profesionales, nos enfocamos básicamente al problema médico y a las repercusiones que el mismo ocasionaba, sin embargo poco a poco y como parte del enfoque epidemiológico que la especialidad brindaba, fuimos fijando nuestra atención en una serie de datos en los cuales varios pacientes coincidían independientemente de la clase social que  cada uno tuviera o del lugar de donde procedieran.

 

Con el tiempo, ello nos permitió realizar una amplia investigación en 2,500 pacientes adultos con infección VIH en los cuales se obtuvieron una serie de datos  relevantes.

 

Con base en ellos se realiza el presente análisis el cual ha dado origen a otros reportes ya publicados por nuestro grupo en la literatura médica (1,2,3,4,5).

 

Para nosotros el inicio del problema parece darse desde la infancia y la investigación tiene que remontarse  a identificar en las personas con VIH una serie de variables que para adquirir un  grado de evidencia deben ser contrastadas con personas sin VIH, de tal manera  que, al evaluar las diferencias entre ambos grupos, las mismas, sean o no significativas estadísticamente hablando, permitan valorar si una asociación determinada puede o no ser considerada como de tipo causal

 

En nuestra experiencia las variables homo y bisexualidad han sido las constantes más persistentemente identificadas en los afectados, lo cual nos lleva, al igual que múltiples reportes en el mundo, a considerar que la exposición sexual  hombre  -  hombre ( H - H ) representa el tipo de contacto sexual mas riesgoso para favorecer la adquisición del VIH; aseveración con la cual la gran mayoría de los reportes concuerdan pero, en lo que difieren muchos de ellos, es en identificar los motivos que llevan a un hombre ( en otro artículo nos enfocaremos al grupo femenino)  a optar por una conducta homo o bisexual.

 

 Las corrientes al respecto van desde un origen genético, hasta uno de  absoluta descalificación  relacionado casi siempre con un enfoque religioso, pasando por uno en donde la conducta homosexual se considera una consecuencia de la libre elección y  la no determinancia sexual .

Nuestros estudios nos llevan hacia otro tipo de explicación que esta relacionada con el crecimiento infantil del menor dentro de un mundo socio-familiar con características muy particulares. Como  resultado de ello, al ser la preferencia sexual una conducta y por lo tanto un comportamiento que se adquiere, consideramos que los seres humanos en general no nacen homo o bi-sexuales, mas aún, ni siquiera con una “conducta”  heterosexual, sino que simplemente se nace hombre ( niño) o mujer (niña), y ello implica que cada individuo posee una constitución genética que implica un par cromosomal XX para la mujer y uno XY para el hombre.

Ante esta verdad incontrovertible y suficientemente demostrada, puede aseverarse que ante un recién nacido solo podemos constatar si el mismo es niño (hombre) o niña (mujer) a secas, es decir, nadie nace niño o niña heterosexual, o niño o niña  homosexual o niño o niña bisexual, porque el nacimiento implica en primer lugar una conformación anatómico-genética y posterior al mismo, a partir del primer día de vida, se sumarán experiencias y eventos sociales y culturales que forjaran conductas. 

EL APRENDIZAJE  POST NACIMIENTO.

 

De acuerdo con el crecimiento biológico natural y con base en lo que vemos, oímos, experimentamos y percibimos, es como vamos a ir configurando una conducta relacionada con el sexo: la preferencia sexual, la cual puede ser heterosexualidad, homosexualidad o bisexualidad.

 

De lo cual puede desprenderse qué, al ser una conducta que implica un comportamiento, la preferencia sexual no se hereda, se adquiere.

 

Y dado que los niños y las niñas proceden necesariamente, por lo menos hasta ahora, de un hombre y una mujer, y más exactamente, de la unión de un óvulo y un espermatozoide, los cuales contribuyen cada uno con el 50% de la carga genética; generalmente las experiencias predominantes de un recién nacido serán con estas dos figuras ( hombre –mujer ) dentro de un mundo en donde la heterosexualidad ( no sólo como actividad sexual sino como contraste de sexos ) constituye, por lo menos hasta la actualidad, el entorno habitual existente en todos los medios de difusión: libros, escuelas, televisión, internet, etc., llenando en una palabra la vida social y cultural; esta referencia  por lo tanto será prácticamente la habitual u obligada de verse, oírse y percibirse desde los primeros días de nacidos y será por lo tanto la conducta a aprender  casi de forma “natural”, sin contar que es la que la colectividad espera e impone.

 

 Pero además parecería que la propia naturaleza implica esa expresión conductual al dotar a los hombres y a las mujeres de los recursos anatómicos y endocrinológicos precisos para cumplir con un objetivo relacionado con esa heterosexualidad: la procreación natural. 

 

 

 

LOS PRIMEROS AÑOS

 

 De acuerdo a reportes mundiales realizados por psicólogos de diversas escuelas, durante los primeros 6 o 7 años de la vida  las vivencias que experimentamos nos permiten adquirir patrones fundamentales para nuestro desarrollo, alimentando así permanentemente la mente y conducta de cada persona (6,7,8,9,10). Uno  de esos patrones se llama IDENTIFICACION.

 

 La identificación, según los desarrollos teóricos del psicoanálisis clásico, es el proceso mediante el cual el niño (en otro artículo nos enfocaremos al grupo femenino) es capaz de encontrar dentro de su propio hogar un modelo masculino a ejercer, que le permitirá identificarse como perteneciente al grupo HOMBRE  y por lo tanto al sexo masculino y que le permitirá adquirir su propia valoración y seguridad como tal. 

 

 

Normalmente el mejor molde masculino a identificar para un niño es el procedente de su padre biológico, porque con él comparte una serie de características biogenéticas que hacen al  progenitor y al hijo irrepetibles y únicos dentro del universo masculino pero además, importa destacar que la presencia del padre dentro del hogar ( como también sucede en relación con la madre) tiene todo un componente cultural, religioso, moral, espiritual y emocional que, independientemente de quien sea el padre, hace que el mismo adquiera cualidades o fortalezas que no solo la familia espera, sino que el sentir general favorece y que un pequeño de una u otra manera asume que debe esperar de

esa figura “especial”.

Cuando el padre de un niño brinda al mismo protección y amor, dos elementos básicos para el desarrollo infantil, el menor de edad  puede más  fácilmente crecer de una manera segura y

apropiada, pero cuando alguno  de estos dos elementos no existen o se generan  en demasía o demérito,  ello repercutirá en el menor de edad .

 

 El amor, al ser una variable abstracta, resulta difícil de medir en su expresión y repercusiones; sin embargo, la protección del menor puede resultar más fácilmente cuantificable y, de alguna manera esta última puede reflejar indirectamente el amor, dado qué, generalmente una persona protege a otra en la medida en que la otra le interesa o le importa ( aún cuando no en todos los casos sea cierto, porque estamos conscientes de que puede haber protección sin que la misma se acompañe de la expresión amorosa y es esta última la que finalmente parecería ser esencial en la percepción infantil), o bien porque desea brindarle algo que le impida un daño o lesión, lo cual puede  implicar  protegerlo del ambiente, de las agresiones o de lo que pueda provocarle disconfort o molestia . 

Nuestra investigación no se dio con recién nacidos ni con menores de edad sino con adultos que recordaban lo sucedido con ellos durante los primeros años de vida y ese recuerdo se remontaba casi siempre al periodo de edades entre los 4 y 6 años, a partir de los cuales el recuerdo era mayor, y menor o casi nulo, para edades menores a los 4 años.

 

Sin embargo, una vez que la variable protección fue operacionalizada se pudo cuantificar  en cada caso, el grado de protección que los adultos de nuestro estudio, consideraron que el padre y la madre - por separado - les brindaron en esa etapa infantil .

 

Llamó la atención que en los grupos de pacientes VIH estudiados (pertenecientes tanto a medios urbanos como rurales, así como a clase social alta, media, baja y marginada) la figura paterna masculina presentó características negativas en más de un 90% de los casos en relación a dos elementos fundamentales en la vida de un menor: la protección y la expresión del amor.

 

Se encontraron diversas variantes en los resultados obtenidos (de 0 al 100%),  sin embargo se  identificaron algunas constantes en  los diversos grupos de pacientes, y todo ello relacionado de manera preponderante con la figura paterna y su rol en relación al niño hoy adulto.

 

Nuestra Investigación agrupó a los sujetos por años de vida,  identificando lo  que sucedía con la figura paterna en cuanto a su ausencia y presencia desde el nacimiento, así como las características de esta última; Igualmente se analizó la presencia de figuras masculinas suplementarias al padre biológico como padrastros, abuelos tíos, padrinos, hermanos mayores, amigos de la familia y otros.

 

Cuando  estas figuras suplementarias existieron se analizó cuál fue el panorama que los mismos dieron al menor en relación a la protección y -  derivada de esa medición - al amor que como infante requería.

PACIENTES CON INFECCION VIH Y PREFERENCIA HOMOSEXUAL .

 

Lo que hemos encontrado ha sido que en pacientes con VIH pertenecientes al grupo exclusivamente homosexual, predominaron los niños carentes de figura paterna o con suplentes paternos inadecuados, caracterizados  en su mayoría por un comportamiento hacia el menor durante esa primera infancia de manera poco o nada protectora; las más de las veces anti protectora o bien de maltrato,  con  agresión verbal, física y/o emocional. Por lo tanto la protección masculina brindada a estos hombres cuando pequeños pudo ser catalogada como mínima o nula en su mayoría.

 

Todo ello brindo al menor de edad un grado creciente y persistente de desamparo, soledad, abandono y aún rechazo en relación a la figura masculina,  lo cual influyó negativamente en su identificación personal y en su búsqueda por la aceptación procedente de una figura masculina paternal y protectora.

 

Como parte de esta falta de protección en los primeros 10 años de la vida el número de abusos sexuales cometidos en este grupo (adultos con VIH que reportaron lo ocurrido durante su infancia y que carecieron de una figura paterna permanente y protectora ) fue significativamente más elevado que el de otros grupos estudiados, de tal manera que de cada 10 menores carentes de protección masculina en la primera infancia 7 fueron sometidos a abuso sexual con o sin penetración desde muy temprana edad.

 

El abuso sexual más repetitivo y notable fue el forzar al menor de edad a realizar sexo oral al abu

sador, siguiéndole en orden de frecuencia las caricias en todo el cuerpo, los besos, y la penetración anal.

 

En un alto porcentaje de estos menores el abuso sexual fue repetitivo con máximo de 8 años  y  mínimo de una sola ocasión.

 

Las figuras mas comprometidas fueron aquellas que deberían haber brindado al pequeño mayor protección masculina: tíos (en particular el materno que fue el más implicado y que se entendía porque generalmente las madres se refugiaban, ante el abandono de la pareja, con sus familias nucleares y allí, por lo general, los tíos eran los más cercanos al pequeño),  primos,  hermanos  o algún extraño cercano a la familia, predominando los adultos mayores de 18 años en un 72% con un 20 % correspondiente a adolescentes y aún púberes y un 9% a  hombres con mas de 50 años.

 

En 8 de cada 10 casos el hoy adulto no culpaba ni responsabilizaba al violador de lo que le había sucedido, existiendo en más del 50% de los casos un trato social de forma cotidiana u ocasional, posterior a la violación o el abuso, dado que el abusador o violador comúnmente pertenecía a la familia. Debido precisamente a ello, con frecuencia surgía veladamente la amenaza para que el menor no mencionara nada sobre los hechos o bien la manipulación por parte del abusador para hacer al menor sentirse culpable y de esa manera avergonzarlo, ya que se le hacía creer que era él quien había buscado o provocado el abuso sexual, aún cuando en todos los casos el niño era de menor edad (casi siempre mucho menor) que el abusador.

 

Llama la atención que 2 de cada 5 adultos agredidos durante su infancia mostraron afecto o simpatía hacia su agresor, porque al decir de los mismos el agresor dentro de todo les había prestado atención y afecto, además de que una de las formas de intimar era frecuentemente  con base en el juego o bien ofreciendo al pequeño dulces o algo que le llamara la atención, a veces historias o “complots” que el pequeño confundía con juegos.

 

Los adultos que  tenían este perfil habían adquirido el VIH por mantener relaciones casi siempre con varias parejas en el curso de un año. La gran mayoría de ellos vivía con su familia y cuidaba de su madre. Fue elevado el porcentaje en el cual  una hermana les prestaba cuidado y apoyo emocional (en un 52% de los casos eran o hijos únicos o solamente tenían una hermana, a veces de diferente padre). Un porcentaje bajo tenían alcoholismo de moderado a intenso pero la mayoría solo ingería bebidas por cuestión social con embriaguez ocasional.

 

Cuando la infección VIH se instaló, muchos de ellos aceptaron con tranquilidad el diagnóstico, porque conocían su riesgo, aceptaban que se habían expuesto y estaban dispuestos a alterar su conducta para mejorar .

 

La mayoría vivían con sus familias, a las cuales más del 70% comunicaron su diagnóstico. La mayoría lo hicieron con los hermanos y un porcentaje menor incluía también a la madre; por lo general encontraron casi siempre apoyo familiar; la mayoría de los afectados trabajaba y el apego al tratamiento antirretroviral en ellos fue habitualmente  bueno o elevado.

 

Nuestra suposición  -porque no lo hemos podido constatar - es que la familia, en especial la madre, consciente sobre la falta de figura masculina que el menor tuvo en la infancia, justificaba de alguna manera su conducta achacándola a la sobreprotección que ella le había dado o bien a las carencias que el paciente había sufrido durante la infancia al carecer de padre, y ante las cuales concedía que el paciente pudiera haber tenido conductas sexuales diversas, lo cual le impedía a ella misma generar mayores reclamaciones y muchas veces aceptar sin problemas a las parejas masculinas de su hijo. Al respecto, era habitual  que se hablara de la sobreprotección infantil hacia el menor pero pocas veces  se abordaba el abandono del padre y su repercusión, adjudicándose la madre responsabilidades por la conducta del hijo, borrando casi del todo la que le correspondía al padre ausente, algo que resultó una constante en casi todos los casos, atribuyendose casi siempre la conducta afeminada del paciente a la sobreprotección materna y rara vez a la ausencia o maltrato del padre ( cuando el mismo regresaba por tiempo corto)

 

Existió, sin embargo, un subgrupo dentro de este grupo  que no cursó con la misma evolución y parámetros y fue aquél en donde la violación en la primera infancia fue múltiple o generada por diversos familiares y de manera repetitiva. Se trataba habitualmente de menores con menor grado de protección y mayor desamor, en los cuales tanto la figura femenina como la masculina se encontraban fuertemente implicados.

 

Se trató con frecuencia de menores que en su infancia habían convivido con múltiples hermanos, dos o más de los cuales habían consumado la violación o el abuso sexual del menor, pero no de manera multitudinaria sino casi siempre de forma aislada, dentro de actividades tipo juego, predominando el abuso por las noches, al compartir la cama en viviendas donde varios hijos se hacinaban con adultos.

 

La madre golpeadora y una figura masculina substituta casi siempre con alcoholismo intenso y violencia física importante hacia la madre, fue el patrón predominante, aunque también coexistió la presencia de una madre indolente o desatenta que podía o no, ingerir alcohol ocasionalmente, pero que con frecuencia era verbalmente agresiva y no pocas veces golpeadora de los hijos. No se reportó el dato de consumo de drogas por parte de la misma por lo menos en el periodo investigado (1998 –2008).

 

Las penurias del menor en cuanto a vivienda, alimento y condiciones de confort eran intensas y cuando las tenía cubiertas, muchas veces no era por parte de las figuras materna y paterna sino por figuras substitutas como los abuelos o los tíos.

 

Por lo general estos menores ya adultos eran mas proclives a tener una vida altamente promiscua en donde el alcoholismo y la drogadicción (de consumo oral o nasal) eran lo común. Varios de ellos practicaban la prostitución y fueron mas afectos a conductas extremas. La adopción de roles físicos de tipo mujer fué común en este grupo,  en donde la gran mayoría presentaba algún componente físico que denotaba su comportamiento homosexual, a veces el uso de  vestimenta de mujer o el uso de implantes o inyecciones de aceite para aparentar atributos femeninos.

 

 Los roles femeninos de estas personas en sus relaciones eran lo habitual con tendencia a ser maltratados y explotados económicamente por sus parejas, varios de ellos fueron golpeados y otros terminaron estableciéndose con parejas violentas.

 

 Las familias generalmente aceptaban en su familiar este tipo de rol femenino ante el cual presentaban poco interés. Varios de ellos mantenían a sus familiares incluida la madre, algunos de los cuales podían ejercer una prostitución abierta o disimulada y tanto la madre como los demás familiares se beneficiaban económicamente de esto.

 

 Cabe señalar que con alta frecuencia en el grupo de hombres, con preferencia homosexual y con figura paterna predominantemente ausente o carentes de ella desde el nacimiento, se encontró que los mismos eran proveedores de su familia y representaban papeles paternales para sobrinos, transformándose con frecuencia en substitutos de padres de otros hermanos, o bien de sobrinos que procedían de hermanas abandonadas por sus parejas, además de presentar un gran apego hacia la madre, brindando protección a dicha figura. 

Las razones para el comportamiento paterno fueron diversas:

 

- El padre  llegaba casi siempre alcoholizado a la casa o bien lo hacia todos los  fines de semana de tal manera que la comunicación con el mismo era inexistente, o bien durante los restantes días el trabajo lo absorbía y los fines de semana, bajo el influjo del alcohol, se favorecía la violencia intrafamiliar con escenas aún de extrema violencia hacia la madre y a veces hacia algún otro miembro de la familia que llegara a intervenir en las peleas, generando todo esto un clima de temor continuo ante la amenaza  de explosiones a la menor provocación,  lo cual casi siempre inhibía cualquier acercamiento entre el menor y su padre y, por el contrario,  favorecía el rencor y una especie de amor/odio en el menor ante la llegada del que aterrorizaba la casa sin motivo aparente.

 

- El padre se encontraba casi siempre ausente y, a través de lo que la madre comentaba o bien de lo que el propio joven  llegó a suponer, se confirmó en algún momento que el padre tenía otra familia a la cual prefería o consideraba como más importante, incluyendo hijos hombres y/o mujeres procreados con otra mujer o mujeres y con los cuales el padre podía o no convivir o preferir. También era posible que el padre simplemente fuera indiferente a la familia estando habitualmente ausente esgrimiendo el trabajo como su compromiso más importante y cuando convivia con los hijos mostraba poco o nulo interés en sus problemas o desarrollo

 

- La preferencia del padre por algún otro hermano o bien la sin razón para culpar al menor de cosas de las que no era responsable o no entendía, fue bastante frecuente, lo cual mantuvo al niño  alejado del padre, generando en el menor sentimientos de coraje y  de rechazo.

 

- Episodios agresivos y/o desagradables que habían quedado grabados en la memoria del menor en relación a  algún momento en que el padre lo golpeó, o bien lo puso en evidencia delante de terceros o terminó insultándolo públicamente, lo cual casi siempre estuvo relacionado con faltas mínimas o situaciones en las que el niño considero que había una clara injusticia y ante lo cual reaccionó con intenso dolor y tristeza.

Ante la conducta temerosa del niño por episodios repetitivos de violencia física o verbal del padre  en particular hacia la madre y los hijos, el menor terminaba muchas veces refugiándose con la madre y atemorizado rechazaba acercarse al padre ante lo cual el mismo enviaba mensajes  señalando que si el menor llegaba a tener conducta femenina o sugestiva, sería fuertemente rechazado, descubierto y repudiado, efectuando  burla en cualquier  momento sobre la forma de hablar o de moverse del mismo, en particular si  era tímido o temeroso, achacando siempre a la madre la conducta femenina del mismo.

 

El alcoholismo del padre y su violencia fueron constantes en este grupo en donde lo que menos se identificaba era un rol de protección paterna , existiendo básicamente a nivel intrafamiliar tensión continua, miedo y aun terror ante la llegada de la figura masculina al hogar lo que además se acompañaba con frecuencia de falta de apoyo económico y/o emocional ante  la mayoría de las situaciones criticas o bien un total desinterés por la suerte de la mujer y los hijos.

 

En varios de estos hombres al interrogar sobre el abuelo paterno y el rol que el mismo había tenido con el que había sido padre del menor, el papel era repetitivo y semejante,  aún cuando en algunos casos el comportamiento del abuelo referida a su vez por el padre , superaba al mismo catalogándolo de cruel, duro, rígido, violento, golpeador y/o alcoholizado frecuentemente. Situaciones frecuentes, e identificadas independientemente de la clase social que los integrantes tuvieran.

 

 En 6 casos el padre del afectado tenía una conducta claramente homosexual, en 4 casos fue una conducta solamente sospechada por el hoy adulto, y en dos casos más la homosexualidad del padre era conocida por la familia y aceptada, incluido el hijo hoy adulto con VIH.

 

 Lo que mas extrañaban los hombres del grupo bisexual  era la falta de acercamiento emocional durante la infancia con el padre lo cual aún ahora les dolía y lastimaba intensamente, considerando muchas veces que ellos habían fallado porque no llenaban las expectativas que el padre esperaba de ellos y los deprimía pensar que el mismo había sospechado su homosexualidad desde antes de que ellos la conocieran, motivo por el cual aceptaban o se resignaban al rechazo paterno y se sentían más culpables y devaluados ante su padre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Un contraste importante entre el grupo homosexual y el bisexual fue la información que el adulto dio a su familia sobre su preferencia sexual: En el primer grupo un 32% habían comunicado directamente su preferencia a algún miembro de la familia y el resto daba por hecho que su familia conocía su preferencia no sólo por su forma de comportarse sino porque existían actos que lo mostraban (tener amigos cercanos), aunque ni ellos ni la familia lo encaraban directamente, aún cuando en cierta forma todos parecían enterados, salvo el padre o padrastro que generalmente, según los convivientes, “ignoraba todo”.

 

 En el grupo bisexual, por el contrario, ninguno expresaba haber comunicado a su familia su preferencia por hombres, en algunos de ellos se había sospechado esta conducta pero no se había discutido, o bien la madre la había planteado pero sin que el hijo la confirmara; prácticamente el 100%  ocultó dicha preferencia ante la familia.

 

  El grupo de hombres bisexuales con figura paterna presente pero sin protección adecuada durante la primera infancia por lo general se sentían culpables de algo que no habían hecho o satisfecho en cuanto expectativas familiares; la percepción de haber cometido “un pecado” los perseguía y el sentimiento de culpa los abrumaba, lo cual con frecuencia favorecía sus episodios alcohólicos, predominando en este grupo un alcoholismo intenso donde la embriaguez era lo habitual y durante esos episodios se favorecían casi siempre las relaciones amorosas con otros hombres, muchas veces de forma anónima, por lo que el riesgo casi siempre era elevado, ya que el uso del condón resultó escaso y las parejas de alto riesgo muy frecuentes, porque comúnmente se trataba de hombres dedicados a la prostitución, las más de las veces de la Zona Rosa o contactados vía internet, o bien de hombres encontrados por azar en la calle y en los bares.

 

 El inicio de la vida sexual en el grupo bisexual fue generalmente por consenso con amigos, refiriendo haber iniciado la sexualidad en encuentros escolares, a veces desde la primaria, aunque lo más común fue la secundaria y preparatoria, cuando a la amistad le seguía el encuentro sexual; el preludio de tal encuentro casi siempre fue la ingestión de bebidas alcohólicas.  Aunque existió el dato de abuso sexual en un 22% de los casos, éste ocurrió en edades más avanzadas que las del grupo homosexual, ya que dichos abusos ocurrieron alrededor de los 9 a los 12 años y no podría descartarse en varios de ellos la existencia de un consenso previo para iniciar la relación sexual.

Paralelo a ello, y tratando de satisfacer las expectativas familiares -particularmente por parte del lado materno-, estos hombres establecían relaciones con mujeres con las cuales les unía más que nada una amistad pero rara vez pudo identificarse  una pasión o un profundo amor y por lo tanto las  relaciones con esa mujer con frecuencia se llegaron a tornar tortuosas, al existir demandas femeninas que no eran del todo satisfechas por el hombre, muchas veces por su incapacidad para expresar amor o pasión a la compañera en turno, dado que su preferencia amorosa era más del tipo hombre - hombre.

 

 Estos hombres, sin embargo, disminuían la tensión familiar con la llegada de los hijos, la presencia de los cuales fue muy aceptada y valorada, aún cuando en muchas ocasiones llegaron también a dar menor protección que la deseada a los mismos debido a sus ausencias prolongadas o a su escasa presencia en la casa.

 

 Sin embargo, la existencia del alcoholismo, necesario por un lado para favorecer el dar salida a los verdaderos deseos amorosos, así como para no tener que enfrentar una realidad incómoda, usualmente creó tensión y violencia familiar que tendía a repetir los patrones experimentados en la infancia.

 

 Además, ya que el ocultamiento de la verdadera preferencia sexual fue lo habitual, conforme el ocultamiento crecía, la tensión y la depresión lo hacían en paralelo. Como parte de este ocultamiento, cuando los integrantes de este grupo conocían su diagnóstico VIH+ generalmente se venían abajo. Casi siempre ocultaban el mismo a todo familiar y sufrían en silencio, prolongando el no tratamiento y avanzando en su evolución con cuadros mas severos auspiciados por la depresión  y otras complicaciones nacidas del propio ocultamiento de la actividad sexual, como la gonorrea, la sífilis, la hepatitis B, etc.

 

 En este grupo, frente al  diagnóstico del VIH lo que más preocupaba al paciente no parecía ser el daño orgánico en sí, sino lo que el diagnóstico ponía al descubierto, es decir, aquello que por tanto tiempo se había ocultado, y ante la posibilidad de que todo fuera descubierto, la ansiedad crecía, favoreciendo un mayor daño que el que la propia infección ocasionaba.

 

 Con frecuencia en este grupo este contexto socio- familiar favoreció en varias ocasiones el abandono del tratamiento o el menor  apego al mismo, tanto por el alcoholismo existente como por argucias que el paciente mismo generaba, de manera consciente o inconsciente, dificultando el control y favoreciendo el mal pronóstico. De tal manera que parecía  COMO SI EL PACIENTE AL HACERLO BUSCARA UN CASTIGO Y AL SUSPENDER EL TRATAMIENTO LO QUE PERSEGUIERA EN REALIDAD FUERA LLEGAR AL SIDA POR CONSIDERAR QUE ESO ERA LO QUE MERECIA DEBIDO A UNA CONDUCTA ENGAÑOSA O DEPLORABLE PARA CON SU FAMILIA Y DE LA CUAL EL INCORRECTAMENTE SE CULPABA.

Conclusión preliminar

 

La homosexualidad  masculina,  la conducta sexual más afectada  en  la casuística mundial relacionada con la infección VIH,  no parece ser una elección libre ni una moda, sino más bien una consecuencia del entorno familiar y social dentro del cual el niño es agredido desde su más tierna infancia tanto emocional como psicológica y físicamente. Como resultado de ello, el niño carga desde pequeño con una serie de consecuencias sociales y familiares de gran magnitud que no sólo lo victimizan sino lo marginan y discriminan, aunque lo más grave en realidad es la explotación emocional que sufre, primero al lado de un padre que siendo el mayor responsable de la falta de protección del pequeño lo abandona emocional y físicamente; después a costa de hombres adolescentes y adultos que conscientes de la falta de protección que este pequeño tiene, abusan de su confianza y necesidad de afecto para someterlo a explotación doméstica sexual aparentemente inadvertida y disfrazada en distinto grado, que va condicionando en ese menor una serie de conductas relacionadas todas ellas con el sexo y la obtención de afecto o atención y seguridad.

 

Ello favorece que se vea envuelto día con día en un ambiente de ansiedad, soledad y depresión, todo lo cual facilitará su entrada al mundo de las adicciones  haciéndolo proclive a encuentros cada vez más riesgosos y frecuentes en donde no solo expondrá su organismo a infecciones sino que su propia integridad emocional se verá fuertemente lesionada.

 

Considerar ante esta panorámica que la infección VIH es un problema restringido al uso del condón y una responsabilidad o problema individual es no solamente una visión  obtusa sino absolutamente insuficiente  e incompetente para detener una epidemia que afecta mundialmente a una población cada vez más creciente y que bajo las condiciones actuales de desarrollo social parece irrefrenable, máxime ante el problema de una población infantil nacional y mundial creciente en necesidades y cada día sometida a menor atención, protección y cuidados.

 

Por último cabria agregar que el hombre homosexual sufre finalmente parte de la misma discriminación que la mujer padece y aún cuando el mismo la afronta de una manera diferente y la supera  con diversas estrategias, es también objeto de ella  al adoptar un rol que ha sufrido durante milenios, de discriminación y dominación: el rol femenino.

GRUPO DE HOMBRES CON INFECCION VIH Y PREFERENCIA BISEXUAL

 

Este grupo de hombres brindó desde el inicio del interrogatorio una característica distintiva importante, ya que en 8 de cada 10 casos la información inicial que los afectados ofrecían era que una mujer los había infectado y que las relaciones con una prostituta o una mujer promiscua eran lo que había favorecido o determinado la  transmisión.

 

En ningún caso el hombre había informado a su compañera femenina que tenia relaciones sexuales con hombres, y por lo tanto su práctica sexual con los mismos se llevaba a cabo de manera oculta o disimulada.

 

Conforme el paciente encontró un ambiente médico adecuado para expresar libremente su preferencia sexual y sus experiencias, sin riesgo de que sus familiares se enteraran y sin que existiera ninguna opción de reproches o reclamos, la información sobre su verdadera  exposición sexual con hombres fue revelada.

 

Cuando se investigaron las experiencias del adulto durante su primera infancia con la figura paterna y el grado de protección que la misma le brindó, surgieron resultados diferentes a los observados en el grupo homosexual, ya que en este grupo bisexual por un lado,  la presencia del padre era una constante y su ausencia era una variable que no fue significativa estadísticamente y por otro, el abuso sexual no estaba presente en la misma magnitud que en el grupo homosexual.

 

Sin embargo la constante mayor estaba en el comportamiento paterno hacia el hijo ya que la desaprobación  así como el  maltrato verbal y en ocasiones además físico del padre hacia el hijo  fue lo predominante, coexistiendo con indiferencia emocional y en algunos casos repudio o preferencia evidente hacia otros hijos, sin que el menor entendiera la causa, situaciones en donde lo  fundamental fué la persistencia de las mismas durante casi toda la infancia del menor generándo en el mismo un persistente sentimiento de devaluación, inseguridad, rechazo,  desamor y desinterés paterno que minó cotidianamente la autoimágen del menor.  

CONCLUSION

 

No se es homosexual porque se carezca de figura paterna, ni bisexual porque el padre necesariamente haya generado un maltrato hacia el niño, lo esencial es que el menor de edad  del sexo masculino  al igual  que en su caso, la niña, se sientan y estén protegidos en esa primera infancia, cuando  están más expuestos a cualquier agresión física, emocional, psicológica o moral  y por la propia edad son incapaces de generar su autodefensa, lo cual se aplica para todo pequeño sea de cualquier etnia, lugar geográfico o clase social; en el presente, en el pasado  o en el futuro.

 

La falta de protección y lo que ello conlleva en cuanto la expresión del amor que el menor pueda sufrir, está íntimamente ligada a la figura parental del mismo sexo, dado que aun cuando ambas son esenciales en la vida de todo pequeño y pequeña, la homologa al sexo del mismo representa el patrón de masculinidad  ( o femineidad ) que el niño y la niña identifican en su entorno y de lo cual requieren, para definir su  propia valoración y seguridad.

 

Carecer de esta identificación en estos primeros años puede favorecer en el menor un ámbito de desprotección física, emocional y afectiva representando al parecer una causa necesaria aunque en ocasiones no suficiente para que el menor hombre o mujer pueda generar un comportamiento diferente al esperado en el ámbito sexual/emocional. La inmensa variabilidad de situaciones relacionadas con ello generarán una posibilidad de 1 al 100 % pero puede asegurarse que  a esta base causal  se suman  otros elementos  “suficientes” para favorecer la expresión  homo  o bisexual y de acuerdo a nuestra experiencia  el abuso sexual en la niñez representaría un elemento altamente favorecedor para sumarse y favorecer la expresión conductual del conflicto, más factible de  encontrarlo en hombres con preferencia homosexual debido según lo que hemos encontrado en nuestra investigación a que en esta preferencia sexual la desprotección del menor es más absoluta y, desde edades casi siempre más tempranas, lo que favorece la indefensión del mismo ante situaciones riesgosas desde muy pequeño; desde luego no todos los menores en situación semejante deben sufrir abuso, pero si la carencia o deficiencia de figura paterna se acompaña además de falta de protección dentro del circulo humano que rodea al menor, lo mas probable es que el abuso se de.

 

Por lo tanto el abuso no parecería un acto fortuito sino favorecido precisamente por esa falta de protección parental en particular, relacionada en el niño con la figura paterna y la  necesidad generada en el mismo por llenar esa ausencia paterna masculina con afecto y atención que desafortunadamente topan con el elemento sexual y una serie de circunstancias alrededor del mismo que alteran a partir de ello la conducta sexual del agredido.

 

Por el contrario en un numero elevado de población masculina, posiblemente no identificado del todo en su parte cuantitativa por lo oculto de su proceder, la causa necesaria relacionada con la baja protección, el maltrato o el rechazo paterno parecería ser esencial para de una manera poco perceptible favorecer en el niño-joven  conductas emocionales  y secundariamente sexuales que una vez que la adolescencia se presenta, afloran de manera  casi incontrolable y en donde el alcoholismo podría jugar un papel relevante como causa suficiente que se suma.

 

En la Bisexualidad parecería predominar la causa necesaria es decir la carencia de protección y acercamiento emocional paterno  durante largos periodos  a pesar de que la figura paterna exista, pero la inaccesibilidad de la misma ante el menor favorece que de manera permanente durante casi toda la infancia,  parte de la pubertad y a veces de la adolescencia, ese elemento paterno favorezca una continua agresión emocional hacia el  niño-hombre que parecería  ser suficiente “per se “ para favorecer conductas ocultas en el menor durante su juventud y adultez relacionadas con figuras masculinas pero que, precisamente por ser ocultas, son difíciles de contabilizar y medir y sin embargo pueden agredir intensamente al propio afectado ocasionándole sentimientos importantes de devaluación, culpa, falta de aceptación, violencia y depresión que podría en ocasiones  favorecer conductas extremas relacionadas con el suicidio,  al no encontrar respuestas a sus preguntas y dudas sobre el porqué de su conducta o sentimientos internos, llevándolo a considerar que “nació con defectos o problemas” y que por algo que ignora no se comporta o experimenta en el plano sexual-amoroso lo que al parecer les sucede a los demás , aspectos todos ellos destructivos para su autoestima y reconocimiento personal, cuando en realidad su responsabilidad es escasa  - si es que existe alguna durante la primera infancia -  y emana de un patrón familiar casi siempre generacional y negativo pero casi siempre oculto  que desafortunadamente el mismo ayudará a replicar y continuar, ante la ignorancia  que generalmente envuelve a estas situaciones.   

 

Por lo tanto en la bisexualidad masculina, la escasa protección parental en particular, relacionada en el niño con la figura paterna y su necesidad de vencer la inaccesibilidad emocional del mismo sufrida repetitivamente durante años, lo llevan durante su edad escolar y/o adolescente a buscar ligas emocionales con otras personas del sexo masculino en relación a las cuales se generarán, por diversas circunstancias, necesidades sexuales que, unidas a las afectivas, modificarán a partir de ello la conducta sexual del implicado, creando en el mismo emociones encontradas que generan conflictos intensos y profundos ante una incongruencia biológico-conductual.     

 

Proceder de la unión de un ovulo y un espermatozoide no obedece a un acto simple de fertilización, implica y demanda contacto emocional, afectivo y amoroso con esas raíces, porque las mismas nos permiten identificarnos con nosotros mismos y mismas, a través del padre del sexo contrario para establecer el tipo de relación emocional y empática que tendremos con esa otra “mitad mundial”.  No basta con tener la protección de una de las dos raíces que nos dan la vida, requerimos ambas, en la misma medida, con la misma proporción y para diferentes propósitos existenciales y vivenciales, por ello mismo cuando nuestras sociedades se rigen básicamente por intereses mas bien comerciales que humanistas, resulta difícil imaginar cual puede ser la reacción de un menor que en lugar de encontrar a una madre, identifica simplemente a un útero como su raíz de vida o bien a un esperma como su explicación vital. 

 

 Hasta hoy,  diversas posturas se han limitado a encontrar responsabilidad exclusivamente individual ante la conducta homo y bisexual, procurando por una parte, que quienes  practiquen estas conductas se sientan protegidos y en caso de identificar al abusador o violador ejercer acciones contra los mismos - como debe ser en ambos casos - sin embargo, dentro de prácticamente todas las sociedades sorprende la serie de situaciones que en lugar de parar o detener lo que pueda influir en ello, reproducen de manera intensa y persistente todo aquello que lo favorece o influye, como es el alcoholismo sin medida entre jóvenes, y adolescentes, hombres y mujeres; comercio sexual de menores; trata de personas; chats sin medida de pornografía infantil, sexual y de todo tipo; violencia sexual cada vez más intensa e impune, guerras que dejan huérfanos y hogares desechos, explotación social etc etc, sin generar con el mismo interés una investigación colectiva para identificar claramente  la magnitud del problema y hasta que punto dicho comportamiento es consecuencia de algo más trascendental ante lo cual la humanidad simplemente ha querido reducirlo al camino más fácil pero menos apropiado: el componente individual,  sin profundizar hasta donde como sociedad ha fallado para procurar a nivel mundial protección y cuidados  a niños de todas las clases sociales pero básicamente expuestos a la dominación y violencia intra y extra familiar cotidianas, en un mundo en donde los derechos individuales parecen ser solo para algunos,  en especial adultos, y en donde las leyes se aplican pero no para muchos  y desde luego no rigen dentro del hogar,  en donde la ley  del fuerte y casi siempre del mas injusto y abusivo es lo que impera, dentro de la mayor impunidad y casi siempre, máxima aprobación. 

 

REFERENCIAS

 

1. Mireles-Vieyra M. P.; López-Aguilera, M. L.;  Cruz- Mireles, R.M. Male Adults’ Homosexuality and its relationship with a father figure and sexual abuse. En XIV International AIDS Conference 2002. Barcelona July 7- 12. Monduzzi Editore, Bologna, Pags.75-78. 2002. Disponible en: http://www.monduzzi.com/proceedings/moreinfo/20020708.htm

 

2. Mireles -Vieyra M. P.; Moya-Chávez, B.; Molina-Badillo, M. y Cruz-Mireles, R. M. La Bisexualidad Oculta como un Factor de Riesgo No Considerado Comúnmente en el Nivel Intrafamiliar. VIII Congreso Nacional de VIH/SIDA e Infecciones de Transmisión Sexual, Boca del Río, México, 4 al 6 de diciembre del 2002.

 

3. Mireles-Vieyra M. P.; Moya-Chávez, B.; Molina-Badillo, M. y Cruz-Mireles, R. M. El Medio Ambiente Intrafamiliar del Paciente VIH+: Conductas Detectadas que al Parecer Incrementan el Riesgo a la Infección. VIII Congreso Nacional de VIH/SIDA e Infecciones de Transmisión Sexual. Boca del Río, México, 4 al 6 de diciembre del 2002.

 

4. Mireles-Vieyra M.P; López-Aguilera, M.L.;  Cruz-Mireles, R.M. High Risk of Intrafamily HIV Exposure in Mexican Women with Practically No Preventive Options. XIV International AIDS Conference, Barcelona, España. 2002. Disponible en: http://www.monduzzi.com/proceedings/moreinfo/20020708.html

 

5. Mireles-Vieyra M.P; López-Aguilera, M.L. y Cruz-Mireles, R.M. Intrafamily HIV exposure as the major risk to a mexican women population. XIV International AIDS Conference, Barcelona, España. 2002. Disponible en: http://www.iasociety.org/Default.aspx?pageId=12&abstractId=7408

 

6. Ver, por ejemplo, los 46 volúmenes publicados de la serie Advances in Child Development and Behavior (1963-2014):  http://www.elsevier.com/books/book-series/advances-in-child-development-and-behavior

 

7. Matson, J.L. Social Behavior and Skills in Children. 2009, New York, Springer.

 

8. Whitam, F. L. y Zent, M. A Cross-Cultural Assessment of Early Cross-Gender Behavior and Family Factors in Male Homosexuality. Archives of Sexual Behavior 13(5): 427-439. 1984.

 

9. Mallers, M. H. et al.  Perceptions of Childhood Relationships with Mother and Father: Daily Emotional and Stressor Experiences in Adulthood. Developmental Psychology 46(6):1651-1661. 2010.   

 

10. LaSala, M. C. Lesbians, Gay Men, and Their Parents: Family Therapy for the Coming-Out Crisis. Family Process 39(1):67-81. 2000.

 

 

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