El tratamiento antiviral ¿Temores fundados o infundados?

 

Dra. Ma. de la Paz Mireles Vieyra

Profesionales frente a la Infección VIH/SIDA

email: profinvih@prodigy.net.mx

 

En algunas ocasiones, el paciente con VIH plantea durante la consulta médica,    una vez que su diagnóstico es conocido:  “tengo temor al  medicamento, pienso  me hará daño”, “¿y si me trato sólo con nutrientes y  vitaminas? “  “tengo miedo porque pienso que si tomo el medicamento me pondré peor” etc. Dichas quejas o preocupaciones las exponen por lo general pacientes que inician apenas el cuadro crítico de SIDA o presentan escaso avance en la infección, es decir, pacientes  con 200 a 400 CD4 y por lo tanto con mínimo o ningún daño evidente.

 

Y ello ocurre así porque cuando el paciente presenta ya el desgastante cuadro del SIDA (menos de 200 CD4) lo habitual es que el enfermo cuestione poco o nada, dado que,  lo  que más desea es dejar de tener diarrea, parar el enflaquecimiento o bien: detener la tos, la fiebre, el vómito u otra molestia semejante.

 

En pacientes así, el propio enfermo se percata de su gravedad  porque su organismo  “lo grita”, para ese  momento con  frecuencia ya pasó  la etapa de dudas y desconfianza, en ocasiones ya probó remedios de todo tipo y a pesar de ello ha llegado a donde pensó podía no suceder: al SIDA, sin que nada lo haya podido evitar, por lo tanto lo único que desea habitualmente, es mejorar, estando dispuesto a cualquier cosa ante la esperanza de que la misma dé resultado.

Cuando un paciente avanzado mejora y constata los beneficios del tratamiento lo más frecuente es que su apego sea elevado y cuide el tratamiento, evitando suspenderlo; el problema reside en enfermos que no han llegado a la etapa grave y por lo tanto siempre albergan la injustificada esperanza de que “a ellos no les pasará” una afirmación que resulta difícil rebatir porque uno no puede definir exactamente el momento en que la enfermedad aflora, ya que las variables son múltiples: la carga viral, los CD4, el desgaste por adicciones, por desnutrición, por problemas de depresión o emocionales, las exposiciones a nuevos riesgos, etc.

Ante ello lo importante sería:

 

¿En realidad el tratamiento antiviral es malo? ¿Puede prescindirse del mismo? ¿Pueden agotarse las opciones hasta aplazar el mayor tiempo su toma?  Cuando se inicia el tratamiento  ¿necesariamente los resultados  serán negativos en el organismo ?

 

Ante lo cual habría que tomar en cuenta lo siguiente:

 

El tratamiento forma parte de una conducta médica, y esta última debe estar relacionada con un conocimiento, la experiencia ayuda en mucho aunque pudiera no ser un requisito esencial, porque la experiencia per se -los años brindando atención- no califican necesariamente sólo en el sentido positivo, (se puede ser un pésimo médico durante toda una vida) a menos que el conocimiento y la práctica adecuada la dirijan en el sentido conveniente.

El tratamiento no representa por lo tanto, una decisión  aislada sino parte  de un proceso en donde: el interrogatorio y la exploración física,   permiten  un diagnóstico presuncional o probable,  el cual requerirá  una serie de exámenes para confirmar la primera impresión o bien plantear otras posibilidades a veces no sospechadas y con base en ello definir finalmente un tratamiento, todo lo cual está relacionado con  cualquier tipo de patología, y no sólo con pacientes VIH/SIDA, ya que  forma  parte del proceso asistencial cotidiano.

 

Cuando esta secuencia deseable no se lleva a cabo y el tratamiento se instala de manera casi automática a raíz de datos aislados de laboratorio: Elisa y Wb positivo, CV positiva con CD4 bajos, la emisión de una receta, no representa en realidad el que exista ciertamente un esquema terapéutico.

 

En casos así lo primero que el paciente debe tomar en cuenta es, ¿hasta que punto ha sido sometido a un verdadero proceso diagnóstico  en cuanto su enfermedad?

 

¿Hasta qué punto el profesional preguntó y exploró?, ¿con qué cuidado e interés lo realizo?, ¿qué conclusiones sacó?, ¿cómo evidenció  la primera impresión?, ¿qué estudios realizó?

 

Si el paciente acude a la consulta y sin mediar este proceso diagnóstico recibe un esquema antiretroviral el mismo, lleva una probabilidad mayor de ocasionar problemas, pero no porque el medicamento sea malo, sino porque el proceso diagnóstico probablemente sí lo fué.

La gran mayoría de pacientes no  protestan ante actitudes médicas irresponsables o faltas de profesionalismo, no cuestionan, aceptan simplemente lo que el medico señala; muchos de ellos consideran que el pertenecer a una Institución con seguridad social, les obliga a aceptar lo que se les da o dice y temen las represalias que, por otro lado, no  siempre son sólo fantasías del enfermo.

 

En otras ocasiones, el paciente  asigna al profesional de la medicina un poder  sacrosanto y piensa que el médico con sólo verlo puede saber realmente lo que tiene; y así, aunque nunca lo revise ni interrogue adecuadamente, el  paciente llega a creer “a pie puntillas” cualquier veredicto  fatal, otorgando al médico un poder casi divino, de tal forma que acata la mayor parte de las veces las indicaciones, sean correctas o incorrectas.

Un paciente así, mal diagnosticado y, con alta frecuencia mal tratado, tendrá muchas veces una respuesta inadecuada al tratamiento antiretroviral, porque el mismo no solucionará las enfermedades que acompañan al SIDA.

 

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El efecto antiviral no  significa que las enfermedades oportunistas  serán  resueltas con el mismo, ni tampoco que resolverá “mágicamente” el deterioro general que el enfermo presenta, eso no lo solucionará el antiretroviral.  Cuando un profesional médico considera que dar el antiviral es suficiente para resolver toda la patología que el enfermo reporta, quien está equivocado es el facultativo, y no es el medicamento el que esta fallando, dado que este último hará su efecto pero sólo el que le compete y no más.

 

Cuando un paciente tiene SIDA, hemos señalado en otros artículos (publicados en esta página web), que es porque sus defensas han disminuido hasta un grado tal  -menos de 200 CD4- que  las enfermedades oportunistas  se instalan y ello incluye hongos, bacterias y virus, además de algunos proceso degenerativos de tipo maligno.

Estos padecimientos concurrentes deben ser atendidos antes, o paralelamente al inicio del tratamiento antiviral; la experiencia nos indica que lo más conveniente es tratar antes este tipo de problemas, en particular aquellos más agresivos como son la toxoplasmosis, la tuberculosis, la candidiasis generalizada, etc.

Porque de no hacerlo, cuando el tratamiento antiviral se instala, las enfermedades oportunistas no resueltas ocasionarán mucho mayor problema, tanto, que pueden obligar a la hospitalización del enfermo y de no recibir  él mismo la atención requerida, la complicación surgirá  y la evolución tiene alta probabilidad de tornarse difícil y aún grave.

Por lo tanto un mal diagnostico puede conllevar todo esto y

concluir ante ello como única explicación que el responsable

es el medicamento o antiviral, resulta una conclusión inadecuada,

porque si bien es cierto que los antiretrovirales son potentes y

pueden ocasionar problemas, la mayoría de las veces la situación

se relaciona más con una mala prescripción que con un efecto

aislado.

 

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Un número considerable de pacientes evolucionan mal, porque la parte del proceso diagnóstico no se cumple y el profesional considera que al dar el antiviral el mismo se encargara de solucionar  el problema, otorgandole por lo tanto acciones que no tendrá, y mejorías que no podrán alcanzarse.

 

En otros enfermos, el proceso diagnóstico ha sido bien elaborado, el médico ha definido mediante un interrogatorio y exploración acuciosos las patologías que le aquejan, ha comprobado las mismas, las ha atendido  y ahora debe iniciar el tratamiento antiretroviral.

 

Existen normas internacionales y nacionales para la  administración de los antiretrovirales, así como para su combinación y para tomar en cuenta las posibles interacciones, es decir la acción del antiviral con medicamentos diversos que  el paciente pudiera  requerir para otros padecimientos y que pueden alterar a uno, otro o ambos.

 

Al respecto lo que cabría destacar es que un buen tratamiento no es el que contempla la mejoría del enfermo sólo para el día de hoy, sino aquel que toma en cuenta un futuro de muchos años sin posibles resistencias  y ello puede darse, si la elección inicial del esquema es la adecuada, claro que  implica además  que exista apego  y todo lo que éste demanda para que el mismo se dé.

 

En suma, todos los antivirales en VIH han demostrado ser excelentes, claro está que cada uno tiene sus indicaciones, lo importante  es administrarlos en el momento, la forma y la combinación  adecuadas.

Por lo anterior, cuando el paciente, el público en general, y/o diversas personas relacionadas con el tema expresan dudas sobre los medicamentos antiretrovirales, en realidad parecerían estarse mezclando una serie de elementos y con frecuencia, desafortunadamente, podría existir mas una mala actuación profesional, que un mal producto.

Ello no implica que los  antiretrovirales no puedan generar  daños, dado que no son  inocuos; se trata de productos con alta potencia considerando el efecto que deben alcanzar y el enemigo al cual deben vencer, pero farmacológicamente su efecto es conocido y mucho de lo que se espera que el mismo produzca debe ser reportado antes de   que un medicamento sea liberado, es decir autorizado en cuanto su uso comercial.  Desde luego existe la fase de la comercialización y durante ella pudieran aflorar algunos aspectos  de interés.

 

En el tratamiento antiretroviral  es posible por lo tanto conocer los posibles efectos adversos de un medicamento y prever lo conducente para evitarlo y de no ser así para detectarlo a tiempo, pero para ello el médico debe estar enterado de sus efectos y, lo más importante, estar en contacto con el enfermo  en el momento requerido.

 

Finalmente es conveniente tomar en cuenta que para el médico lo importante puede ser lo técnico y lo que llamamos hoy en día: la evidencia, pero el enfermo la mayor parte de las veces lo que requiere es una esperanza, además desde luego,  de que la fiebre ceda y la diarrea desaparezca junto con el vómito, etc

Ello implica que el profesional requiere sentir empatía por el enfermo, y ello significa comprender el sufrimiento ajeno, -no diluirse en el-, sino entender el mismo para poder enfrentarlo y plantear las estrategias necesarias.

No se trata de tener una actitud tosca de chapucería,  sino de tener empatía (sentimiento de participación afectiva de una persona en cuanto la realidad que afecta a otra) ; de lograr establecer una relación paciente-profesional en donde  el segundo  entiende la ansiedad, el temor y tantos otros sentimientos que  en ese momento acompañan al enfermo y, sin tomar su lugar, sea capaz de transmitir, sin engaño, opciones reales de mejoría y expectativas factibles de vida.

 

Ello, más el conocimiento de la enfermedad y el uso adecuado de magníficos antiretrovirales y otros medicamentos disponibles en la lucha contra las enfermedades oportunistas, han cambiado el panorama de muerte que este padecimiento tenia, transformándolo cada día más y más  en un panorama de vida, de esperanza y de realidad  optimista.

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