EL TRATAMIENTO ANTIVIRAL ¿TEMORES FUNDADOS O INFUNDADOS?
Por: Dra. Ma de la Paz Mireles Vieyra
PROFIN VIH A.C.
PROFESIONALES FRENTE A LA INFECCIÓN VIH
www.profinvih.org
En algunas ocasiones, el paciente con VIH plantea durante la consulta médica, una vez que su diagnóstico es conocido: “tengo temor al medicamento, pienso me hará daño”, “¿y si me trato sólo con nutrientes y vitaminas? “ “tengo miedo porque pienso que si tomo el medicamento me pondré peor” etc.
Dichas quejas o preocupaciones las exponen por lo general pacientes que inician apenas el cuadro crítico de SIDA o presentan escaso avance en la infección, es decir, pacientes con 200 a 400 CD4 y por lo tanto con mínimo o ningún daño evidente.
Y ello ocurre así porque cuando el paciente presenta ya el desgastante cuadro del SIDA (menos de 200 CD4) lo habitual es que que el enfermo cuestione poco o nada, dado que, lo que más desea es dejar de tener diarrea, parar el enflaquecimiento o bien: detener la tos, la fiebre, el vómito u otra molestia semejante.
En pacientes así, el propio enfermo se percata de su gravedad porque su organismo “lo grita”, para ese momento con frecuencia ya pasó la etapa de dudas y desconfianza, en ocasiones ya probó remedios de todo tipo y a pesar de ello ha llegado a donde pensó podía no suceder: al SIDA, sin que nada lo haya podido evitar, por lo tanto lo único que desea habitualmente, es mejorar, estando dispuesto a cualquier cosa ante la esperanza de que la misma dé resultado.
Ante ello lo importante sería:
¿En realidad el tratamiento antiviral es malo? ¿Puede prescindirse del mismo? ¿Pueden agotarse las opciones hasta aplazar el mayor tiempo su toma? Cuando se inicia el tratamiento ¿necesariamente los resultados serán negativos en el organismo ?
Ante lo cual habría que tomar en cuenta lo siguiente:
El tratamiento no representa por lo tanto, una decisión aislada sino parte de un proceso en donde: el interrogatorio y la exploración física, permiten un diagnóstico presuncional o probable, el cual requerirá una serie de exámenes para confirmar la primera impresión o bien plantear otras posibilidades a veces no sospechadas y con base en ello definir finalmente un tratamiento, todo lo cual está relacionado con cualquier tipo de patología, y no sólo con pacientes VIH/SIDA, ya que forma parte del proceso asistencial cotidiano.
Cuando esta secuencia deseable no se lleva a cabo y el tratamiento se instala de manera casi automática a raíz de datos aislados de laboratorio: Elisa y Wb positivo, CV positiva con CD4 bajos, la emisión de una receta, no representa en realidad el que exista ciertamente un esquema terapéutico.
En casos así lo primero que el paciente debe tomar en cuenta es, ¿hasta que punto ha sido sometido a un verdadero proceso diagnóstico en cuanto su enfermedad?
¿Hasta qué punto el profesional preguntó y exploró?, ¿con qué cuidado e interés lo realizo?, ¿qué conclusiones sacó?, ¿cómo evidenció la primera impresión?, ¿qué estudios realizó?
Si el paciente acude a la consulta y sin mediar este proceso diagnóstico recibe un esquema antiretroviral el mismo, lleva una probabilidad mayor de ocasionar problemas, pero no porque el medicamento sea malo, sino porque el proceso diagnóstico probablemente sí lo fué.
La gran mayoría de pacientes no protestan ante actitudes médicas irresponsables o faltas de profesionalismo, no cuestionan, aceptan simplemente lo que el medico señala; muchos de ellos consideran que el pertenecer a una Institución con seguridad social, les obliga a aceptar lo que se les da o dice y temen las represalias que, por otro lado, no siempre son sólo fantasías del enfermo.
En otras ocasiones, el paciente asigna al profesional de la medicina un poder sacrosanto y piensa que el médico con sólo verlo puede saber realmente lo que tiene; y así, aunque nunca lo revisé ni interrogué adecuadamente, el paciente llega a creer “a pie puntillas” cualquier veredicto fatal, otorgando al médico un poder casi divino, de tal forma que acata la mayor parte de las veces las indicaciones, sean correctas o incorrectas.
El efecto antiviral no significa que las enfermedades oportunistas serán resueltas con el mismo, ni tampoco que resolverá “mágicamente” el deterioro general que el enfermo presenta, eso no lo solucionará el antiretroviral. Cuando un profesional médico considera que dar el antiviral es suficiente para resolver toda la patología que el enfermo reporta, quien está equivocado es el facultativo, y no es el medicamento el que esta fallando, dado que este último hará su efecto pero sólo el que le compete y no más.
Cuando un paciente tiene SIDA, hemos señalado en otros artículos (publicados en esta página web), que es porque sus defensas han disminuido hasta un grado tal -menos de 200 CD4- que las enfermedades oportunistas se instalan y ello incluye hongos, bacterias y virus, además de algunos proceso degenerativos de tipo maligno.
Estos padecimientos concurrentes deben ser atendidos antes, o paralelamente al inicio del tratamiento antiviral; la experiencia nos indica que lo más conveniente es tratar antes este tipo de problemas, en particular aquellos más agresivos como son la toxoplasmosis, la tuberculosis, la candidiasis generalizada, etc.
Porque de no hacerlo, cuando el tratamiento antiviral se instala, las enfermedades oportunistas no resueltas ocasionarán mucho mayor problema, tanto, que pueden obligar a la hospitalización del enfermo y de no recibir él mismo la atención requerida, la complicación surgirá y la evolución tiene alta probabilidad de tornarse difícil y aún grave.
Un número considerable de pacientes evolucionan mal, porque la parte del proceso diagnóstico no se cumple y el profesional considera que al dar el antiviral el mismo se encargara de solucionar el problema, otorgandole por lo tanto acciones que no tendrá, y mejorías que no podrán alcanzarse.
En otros enfermos, el proceso diagnóstico ha sido bien elaborado, el médico ha definido mediante un interrogatorio y exploración acuciosos las patologías que le aquejan, ha comprobado las mismas, las ha atendido y ahora debe iniciar el tratamiento antiretroviral.
Existen normas internacionales y nacionales para la administración de los antiretrovirales, así como para su combinación y para tomar en cuenta las posibles interacciones, es decir la acción del antiviral con medicamentos diversos que el paciente pudiera requerir para otros padecimientos y que pueden alterar a uno, otro o ambos.
Al respecto lo que cabría destacar es que un buen tratamiento no es el que contempla la mejoría del enfermo sólo para el día de hoy, sino aquel que toma en cuenta un futuro de muchos años sin posibles resistencias y ello puede darse, si la elección inicial del esquema es la adecuada, claro que implica además que exista apego y todo lo que éste demanda para que el mismo se dé.
En suma, todos los antivirales en VIH han demostrado ser excelentes, claro está que cada uno tiene sus indicaciones, lo importante es administrarlos en el momento, la forma y la combinación adecuadas.
Ello no implica que los antiretrovirales no puedan generar daños, dado que no son inocuos; se trata de productos con alta potencia considerando el efecto que deben alcanzar y el enemigo al cual deben vencer, pero farmacológicamente su efecto es conocido y mucho de lo que se espera que el mismo produzca debe ser reportado antes de que un medicamento sea liberado, es decir autorizado en cuanto su uso comercial. Desde luego existe la fase de la comercialización y durante ella pudieran aflorar algunos aspectos de interés.
En el tratamiento antiretroviral es posible por lo tanto conocer los posibles efectos adversos de un medicamento y prever lo conducente para evitarlo y de no ser así para detectarlo a tiempo, pero para ello el médico debe estar enterado de sus efectos y, lo más importante, estar en contacto con el enfermo en el momento requerido.
Finalmente es conveniente tomar en cuenta que para el médico lo importante puede ser lo técnico y lo que llamamos hoy en día: la evidencia, pero el enfermo la mayor parte de las veces lo que requiere es una esperanza, además desde luego, de que la fiebre ceda y la diarrea desaparezca junto con el vómito, etc.
No se trata de tener una actitud tosca de chapucería, sino de tener empatía (sentimiento de participación afectiva de una persona en cuanto la realidad que afecta a otra) ; de lograr establecer una relación paciente-profesional en donde el segundo entiende la ansiedad, el temor y tantos otros sentimientos que en ese momento acompañan al enfermo y, sin tomar su lugar, sea capaz de transmitir, sin engaño, opciones reales de mejoría y expectativas factibles de vida.
Ello, más el conocimiento de la enfermedad y el uso adecuado de magníficos antiretrovirales y otros medicamentos disponibles en la lucha contra las enfermedades oportunistas, han cambiado el panorama de muerte que este padecimiento tenia, transformándolo cada día más y más en un panorama de vida, de esperanza y de realidad optimista.
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